Acceso universal a la energía y lucha contra el cambio climático: perfectamente compatibles

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Pobreza y energía conforman un círculo vicioso de difícil salida: las personas pobres son quienes menos posibilidades tienen de acceder a la energía, y son propensas a seguir siendo pobres si carecen de electricidad. Los datos hablan de más de 1.300 millones de personas sin acceso a la electricidad, lo cual les priva de una amplia gama de oportunidades que van desde emprender negocios y actividades productivas, contar con luz para poder estudiar, hasta cocinar con facilidad y seguridad o tener acceso a equipamiento sanitario básico. Sin el acceso a una energía moderna, segura, confiable y a precios asequibles no es posible desarrollar gran parte de actividades económicas que podrían dar sustento a esas personas.

Por otro lado, existe una opinión ampliamente extendida tanto a nivel científico como político sobre el impacto del cambio climático sobre las personas, ecosistemas y economías, con el consiguiente deterioro de la salud, la biodiversidad y el coste económico y social que supone. Las poblaciones con menor capacidad para adaptarse al cambio climático (las personas más pobres y vulnerables) serán las que más sufrirán sus efectos, haciendo retroceder décadas de trabajo en materia de desarrollo (a pesar de ser las menos responsables).

Con todo ello, el uso de los recursos energéticos está estrechamente ligado a las causas y consecuencias del cambio climático: la producción y el consumo de energía representan más del 60% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero (GEI), siendo la principal causa del cambio climático.

Estamos ante lo que podría parecer un dilema de desarrollo: las personas más vulnerables no pueden salir de la pobreza si no tienen acceso a energía confiable. Pero aumentar la producción energética para aquellos que no tienen acceso a energía puede ir en contra del objetivo de reducir drásticamente las emisiones de fuentes que producen dióxido de carbono, el principal elemento que contribuye al cambio climático. A su vez, no se puede pedir a las comunidades pobres que renuncien al acceso a energía porque el mundo desarrollado ya ha contaminado demasiado.

Así pues la energía está en el corazón de los desafíos sociales, económicos y ambientales que afronta el mundo en la actualidad y el contexto en el que nos encontramos es propicio para hacer una reflexión profunda sobre dicho vínculo. En el siglo XXI, ¿la energía es realmente un lujo tecnológico? ¿Supone una verdadera amenaza para el medioambiente? ¿Puede la energía estar al servicio de los más desfavorecidos? La respuesta es clara: el acceso universal a la energía no es un problema climático, sobre todo teniendo en cuenta su importancia sobre el desarrollo humano. La Agencia Internacional de la Energía estima que en 2040 garantizar el acceso a servicios modernos de energía a la mitad de esos 1.300 millones de personas solamente incrementaría las emisiones de GEI un 1%.

Pero para ello se deben abandonar las prácticas habituales basadas en el desarrollo de grandes infraestructuras energéticas (red de transporte y distribución) y macro-proyectos de generación centralizada que replican los modelos energéticos de los países desarrollados (impuestos muchas veces por los países donantes). Proyectos no necesariamente ligados a mejorar el acceso a los servicios energéticos de las personas sino al desarrollo de iniciativas privadas (industria) o a la venta de energía a terceros países. Medidas muchas veces contrarias a promover un acceso universal, asequible y sostenible a la energía con consecuencias muy negativas para los más vulnerables: desplazamientos forzosos, deterioro medioambiental, expolio de recursos y medios de vida de muchas comunidades, etc. Un modelo que deja atrás a aquellos que sufren la pobreza energética y que nos plantea una de las preguntas clave en el debate sobre el desarrollo energético: energía sí pero ¿para quién? ¿Es válido cualquier modelo energético?

En los países en desarrollo se deben modificar las políticas energéticas, que actualmente se centran en aquellos clientes más fáciles de conectar a red (y que generan una mayor rentabilidad) y en mejorar los servicios de los que ya tienen acceso a la red sin asumir el reto de garantizar el acceso a la energía de las personas pobres. Sin olvidar los extraordinarios impactos en la salud que supone mejorar el acceso a sistemas de cocción limpios y modernos. Es necesario priorizar el acceso equitativo a la energía, asegurando el acceso sostenible en zonas rurales aisladas y con especial atención a las mujeres, con una aproximación descentralizada que vaya más allá de la mera conexión a la red general.

Para garantizar el éxito del acceso universal es necesario un enfoque de derechos en materia energética, utilizar una aproximación de abajo hacia arriba, con la participación de los usuarios en el diseño y provisión de servicios, con una correcta formación en energía y reconociendo el rol que juega el sector público y la sociedad civil en facilitar el acceso a la energía a las personas más vulnerables.

En términos globales, el reto es si cabe mucho mayor. Para afrontar este desafío clima-energía-pobreza es esencial implantar nuevos modelos energéticos basados en el ahorro, la eficiencia y las renovables, eliminando de una vez por todas los subsidios a los combustibles fósiles, avanzando hacia la total descarbonización de la sociedad mundial a lo largo de este siglo. A este respecto, el informe especial del IPCC sobre Fuentes de Energía Renovable de 2011 reconocía que “cerca del 80% del suministro mundial de energía podría ser satisfecho por fuentes renovables para mediados de siglo si se contara con el respaldo de la políticas públicas adecuadas”. Porque ya no nos podemos permitir no hacer nada. El cambio climático nos obliga a dejar atrás las prácticas energéticas del pasado al mismo tiempo que debemos garantizar el acceso a energía para las poblaciones más pobres del mundo y hacerlo de la manera más limpia posible.

Es hora de pasar de las expectativas a los hechos y la Cumbre del Clima que estos días se está celebrando en París podría pasar a la historia por ser un hito transformador que cambie el paradigma del desarrollo actual. O bien por ser la última oportunidad perdida en la lucha contra el cambio climático…

Esperemos que esta cita no nos avergüence en un futuro y que realmente se lleguen a acuerdos vinculantes que permitan mitigar los efectos del cambio climático, no dejar atrás de nuevo a las personas más pobres e iniciar así, de una vez por todas, la senda del desarrollo humano sostenible.

 

Miquel Escoto. Área Sectorial de Energía de ONGAWA

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