Agua para la paz

El agua, elemento esencial para la vida del planeta y los seres vivos, para la dignidad de las personas, se halla en disputa a causa de un modelo global tan insostenible como injusto. Sobreexplotado como recurso en múltiples contextos, está muy lejos de ser garantizado como derecho humano universal. Es más, su gestión bajo lógicas coloniales, tensiona relaciones y territorios, agudiza desigualdades, obliga a procesos migratorios, restringe el acceso a otros derechos (alimentación, salud, educación, medioambiente sano,…). Su disputa puede derivar en conflictos armados o, como consecuencia de ellos, comprometer seriamente tanto la disposición de agua como el derecho de las personas a su disfrute.

Esta situación debe explicarse en el contexto de múltiples crisis conectadas (ecológica, de cuidados, democrática, económica…) que sustentan y responden a un mismo paradigma: el agua como un recurso económico y geopolítico a explotar, como un bien privado; es decir, la naturaleza y la vida al servicio de los intereses económicos de una minoría. Un modelo cuya gobernanza no cuenta con la participación de la inmensa mayoría del planeta ni con quienes más sufren la privación de este derecho. Al contrario, se expande y sostiene por dinámicas violentas, no sólo las guerras. Prueba de ello es que, desde 2020, el agua cotiza en Wall Street.

Aprovechando la celebración del Día Mundial del Agua, hoy, 22 de marzo, junto a la Coordinadora de ONGD de España, queremos señalar espacios clave donde se está comprometiendo la vida estrechamente relacionados con el agua.

El agua, un recurso clave en el mercado global. Una economía globalizada donde empresas multinacionales del Norte realizan grandes operaciones comerciales y extractivistas en diversos sectores (energético, agroalimentario, forestal, digital, etc.), generando impactos muy graves en países del Sur global, donde el agua está directa o indirectamente implicada. Esta situación colisiona directamente con los derechos fundamentales de las poblaciones afectadas. Derechos que deberían ser garantizados por los gobiernos por encima de intereses económicos y geopolíticos, dentro y fuera de sus fronteras.

La creciente escasez de agua en el marco de conflictos armados. Esta situación puede producirse como causa de un conflicto entre países vecinos o en el interior de un territorio -como pudiéramos ver en el caso de la cuenca del Jordán, un caso paradigmático-. También puede ser fruto de la acción bélica que, al destruir infraestructuras, contaminar fuentes de agua o interrumpir servicios vitales, agrava la inseguridad hídrica; una situación que afecta especialmente a la infancia y a personas en situación de vulnerabilidad. E incluso, puede utilizarse el agua como arma de guerra y su privación como elemento de presión sobre las poblaciones; esto otorga una ventaja estratégica a quienes tienen el control sobre los recursos hídricos, tal como sucede en Palestina, ocupada ilegalmente por Israel desde hace década.

Y, sin embargo, somos agua. La mayoría de experiencias en torno a la gestión del agua nos hablan de cooperación, de hermanamiento entre comunidades y regiones, de un bien ecosocial y cultural alrededor del cual se cosen comunidades e identidades. Aprendamos de los sures globales, de experiencias y visiones que nos ayudan a reconocer y reconectarnos con la naturaleza, a entender el agua como un bien común.

Urge un cambio de mirada ante un modelo depredador que se muestra agotado y violento. Urge hacer las paces con la naturaleza, pasar a un modelo ecocentrado, de conexión con la vida, en el que nos reconozcamos parte del ecosistema, no su centro.

En definitiva, el desarrollo humano sostenible de los pueblos y territorios que acompañamos desde la cooperación internacional dependen, en gran medida, del agua. Es necesario hacer unirnos a organizaciones sociales y ambientales que exigen cambiar la mirada sobre el agua para considerarla un bien que debe ser protegido y gestionado bajo premisas de universalidad, equidad, sostenibilidad y democracia. El reconocimiento del abastecimiento y saneamiento del agua como un derecho humano por las Naciones Unidas fue un paso importante. Su incumplimiento sistemático nos acompañará cada marzo si no trascendemos el modelo socioeconómico actual. Tenemos la oportunidad colectiva de cambiar el rumbo.

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