Cuando la tecnología no es suficiente: el mito tecno-optimista frente a la crisis hídrica y climática

El agua se encuentra en el centro de la crisis climática. La subida de la temperatura global está generando importantes disrupciones en el ciclo del agua y los patrones de lluvia, con terribles consecuencias para el medioambiente y las personas. Gran parte de las formas en las que sufrimos las consecuencias del cambio climático tienen que ver con el agua: inundaciones, sequías, aumento del nivel del mar, tormentas extremas, etc. En los últimos 50 años, el 70% de las muertes debidas a desastres naturales han estado relacionadas con el agua.

El cambio climático también tiene un impacto negativo en la disponibilidad de agua, exacerbando un problema que ya afecta a más de 2 mil millones de personas en el mundo que carecen de acceso a agua potable. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) viene advirtiendo de algunos efectos negativos sobre las reservas de agua como la salinización o la mayor contaminación por sedimentos y patógenos debido a las inundaciones y las altas temperaturas. Según el IPCC, limitar el calentamiento global a 1,5ºC podría reducir a la mitad la proporción de la población mundial que se espera que sufra escasez de agua.

Existe así una clara interconexión entre las crisis hídrica y climática que afecta de manera desigual a las personas en función del país donde viven, su nivel de ingresos o su sexo. Se genera además una situación profundamente injusta por la que las comunidades que menos contribuyen al cambio climático son las que sufren de manera más virulenta las consecuencias del mismo, contando con menos medios para la adaptación. Nos conducimos así hacia un apartheid climático, término acuñado por el nobel de la paz sudafricano Desmond Tutu y que posteriormente sería empleado por el Relator Especial de Naciones Unidas sobre la extrema pobreza, Philip Alston.

La Conferencia de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático de 2023 (COP 28) supuso un importante avance en la inclusión de la cuestión del agua en la agenda climática. Tras ocho años de espera, se aprobó un marco para el Objetivo Global de Adaptación (OGA) en el que el agua cobra un papel primordial al ser su primera meta temática. Esta meta se centra en la reducción de la escasez de agua debida al clima y el aumento de la resiliencia a los peligros relacionados con el agua. El fin último de esta meta sería lograr un acceso al agua potable segura y asequible a través de sistemas de agua y saneamiento resilientes al clima. Si bien esta inclusión del enfoque basado en derechos humanos en el OGA fue un hito importante, está por ver su continuidad en otras COP y si la dimensión del agua es tenida de forma holística en otros ámbitos de la acción climática como la transición energética.  

La COP 29 se celebra en Azerbaiyán, un país que enfrenta el problema de la escasez de agua y el estrés hídrico, entre otros motivos por una continua bajada del nivel del mar Caspio que amenaza a las comunidades costeras y la biodiversidad local. Entre las iniciativas de la presidencia azerí de la COP, se encuentra la aprobación de una Declaración sobre agua para la acción climática, instando a que los Estados adopten enfoques integrados para combatir los impactos del cambio climático en las cuencas hidrográficas y los ecosistemas acuáticos. Como parte de esta iniciativa se iniciará una plataforma de diálogo anual sobre la interacción entre el agua y el cambio climático, la biodiversidad, la desertificación y la contaminación, así como la creación de la figura del Embajador del Agua para el Clima.

Las soluciones del gobierno de Azerbaiyán para enfrentar el problema de la escasez de agua entre su población han pasado por las grandes inversiones tecnológicas, aprovechando sus cuantiosos recursos provenientes de la extracción de petróleo. Una de las apuestas ha sido la de las desalinizadoras en la cuenca del Caspio, una tecnología que viene siendo ampliamente aplicada por países como Arabia Saudí o Israel y que ahora está siendo implementada en Azerbaiyán gracias a su asociación con la empresa israelí IDE Technologies. Algunos expertos ya están advirtiendo de que esta alternativa puede implicar graves impactos en los ecosistemas acuáticos, con efectos negativos no solo para la biodiversidad sino también para las actividades económicas costeras.

Sin embargo, confiar el problema del agua en manos de la alta tecnología no ha tenido los resultados esperados en Azerbaiyán, que pasada una década de estas grandes inversiones ha visto pocos avances, especialmente si nos fijamos en las comunidades rurales, las más afectadas por la escasez. En regiones como Saatli, en el centro de país, la población no se ha visto beneficiada por estas inversiones y sigue enfrentando la escasez de agua a pesar de su proximidad a los ríos Kura y Aras, que son la fuente del 70% del agua potable azerí.

Si bien los avances tecnológicos han dado solución a muchos de los grandes problemas de la humanidad, en los últimos años se ha impuesto un discurso tecnófilo por el que parece que la tecnología venidera va a ser capaz de resolver todos nuestros problemas, incluidos el cambio climático y la crisis hídrica. El empresario e inversor estadounidense Marc Andreessen publicó en 2023 el “Manifiesto tecno-optimista”, un texto en el que caracteriza a la tecnología como la única fuente perpetua de crecimiento, progreso y bienestar. La propuesta de Andreessen se asienta en una visión neoliberal por la que la libertad de mercado y el desarrollo del modelo capitalista estadounidense sin tener en cuenta la sostenibilidad es la clave para el progreso global. En esta corriente encontramos a figuras de fama mundial como Elon Musk, Jeff Bezos o Bill Gates.

La realidad es que, en muchas ocasiones, dichas soluciones tecnológicas o bien no llegan o tardan demasiado en llegar a las personas que más las necesitan. No cabe duda de que estos avances pueden ser parte de la solución, pero por sí solos no bastan para enfrentar las consecuencias de la crisis climática e hídrica. Son necesarias políticas y medidas de acompañamiento tomadas en un marco de justicia y sostenibilidad que no perpetúen las desigualdades existentes. La visión imperante del tecno-optimismo es una visión sesgada, que no apunta a las raíces del problema y que ignora las relaciones desiguales de poder, los límites planetarios e incluso los derechos humanos.

Como señaló el físico Mark Buchanan en su contestación a Andreessen, el problema no está en la tecnología, sino en la falta de una visión sensata, ética y consciente acerca de sus usos. No se trata de caer en la tecnofilia ni en el rechazo a todo avance en el ámbito técnico y científico, pero sí reconocer las limitaciones de la tecnología y afrontar las consecuencias indeseadas que puede conllevar su uso. El tecno-optimismo es una visión reconfortante que no nos hace abordar las raíces de las crisis climática e hídrica, con el riesgo de desviar nuestra atención y darnos una falsa sensación de seguridad. El carácter sistémico de la crisis hídrica y climática exige transformaciones profundas. Necesitamos poner el bien común y los derechos humanos como prioridad de las políticas públicas relacionadas con la gestión del agua, los ecosistemas, los territorios y el clima. Por supuesto que hay que apoyar los avances tecnológicos, pero integrados en sistemas de políticas inclusivas, justas y sostenibles que no dejen a nadie atrás.

Alejandro Torrecilla

Equipo de Conocimiento de ONGAWA

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